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La obsesión bélica israelí y la urgencia para un apalancamiento palestino

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Opinion
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Netanyahu

Es seductor tomar una postura en la cual la doctrina militar del estado de Israel se
sostiene en la guerra perpetua, sin embargo la realidad siempre es más compleja
que una conjetura.

Por su parte, Ministro Primero Benjamín Netanyahu no contradiría semejante
argumento, y su escalado impulso bélico frenético es indicativo de ello, ya que su
meta declarada para un Gran Israel obliga a esa clase de militarismo permanente
con expansión implacable y destrucción por toda la región.
No obstante, el país no puede soportar por siempre una lucha abierta con
múltiples frentes. Lucen de llevar contiendas sobre “siete frentes”, pero en
términos militares muchos de ellos son más imaginarios que campos de batalla
efectivos.

Las verdaderas guerras —desde el genocidio en Gaza hasta sus ofensivas
regionales no provocadas— son entera y exclusivamente obras israelíes.
De todas formas ese hecho no debería cegarnos a la inquietante realidad de como
los tambores de la guerra contra Irán y la escalada contra Líbano consolidaron un
consenso casi absoluto entre los israelíes judíos a favor del Ministro Primero. Una
encuesta del Instituto de Democracia de Israel (IDI) realizada el 2 y 3 de marzo
reveló que el 93% respaldaba el ataque contra Irán en conjunto con los Estados
Unidos. El apoyo se manifestó a lo largo del espectro político nacional.

El mismo entusiasmo bélico acompañó el genocidio en Gaza, y perduró en cada
guerra sucesiva y escalada contra el Líbano.

Incluso el anterior Primer Ministro Yair Lapid —tan citado en ultramar como si
fuera pacifista— las respaldó de lleno y admitió después del cese de fuego que
Israel se había metido con un “consenso inédito” y que él las respaldó “desde el
primer instante”.

Sus reiteradas críticas de Lapid y los demás políticos israelíes no apuntan contra
la guerra en sí, sino contra el fracaso de Netanyahu para traducirla en un resultado
estratégico.

Y ahí radica la distinción crucial: aun cuando la mayoría de la sociedad israelí
respalda sus guerras, una creciente parte ya no confía en que Netanyahu sea

capaz de convertir la destrucción en victoria estratégica. A mediados de abril, el 92
por ciento de los israelíes judíos otorgaba altas calificaciones al ejército por como
conducía el asalto contra Irán, pero apenas el 38 por ciento aprobaba la conducta
del gobierno.

Lo anterior significa que la opinión pública sigue a favor de la guerra, pero cada
vez más duda del liderazgo que la ejecuta.

Esa diferencia puede no significar demasiado para nosotros que padecemos las
consecuencias de matanza masiva, devastación y violencia colonial, pero resulta
determinante dentro de los cálculos militares y estratégicos propios del estado
sionista.

Sus guerras han seguido un patrón reconocible in extenso de la historia del país:
aplastar la resistencia, imponer dominación militar y política, para después
convertir la violencia del campo de batalla en expansión colonial.
Pero Netanyahu no ha logrado nada de eso.

Por ello Israel vomita tanta indignación feroz sobre el alto el fuego en Líbano del
16 de abril, y por ello el temor ante un posible estancamiento con Irán corre aún
más profundo.

A todas luces la suspensión de fuego en Líbano no garantizó uno de los objetivos
medulares declarados por Israel: el desarme del Hezbolá. Aunque Israel mantiene
tropas en el sur del Líbano, el acuerdo detuvo las operaciones ofensivas y quedó
muy lejos de la prometida “victoria total."

Para muchos en Israel, cualquier resultado que no alcance esa “victoria total” se
interpreta de inmediato como derrota. El dirigente regional del norte Eyal Shtern lo
expresó con crudeza al CNN preguntarse cómo Israel, con el alto el fuego, había
pasado “de la victoria absoluta a la rendición total."

Esa es la verdadera crisis que Israel enfrenta hoy: no que haya descubierto los
límites de la guerra permanente, sino que ha vuelto a comprobar que la violencia
exterminadora no garantiza una victoria política.

Irán, por su parte, cuenta con suficiente apalancamiento político para conseguir
una tregua de largo plazo, hasta permanente. Pero Líbano y Siria se encuentran
en un aprieto de otra índole, aunque nadie está arrinconado más que los
palestinos, sobre todo gaceños. Los primeros todavía conservan algún grado de
autogestión y espacio para maniobrar, pero el Estado Palestino vive ocupación,
apartheid y asedio. La franja de Gaza está arrinconado a un asedio sitio
devastado.

El aislamiento hermético ha creado una de las catástrofes más horríficas del
mundo contemporáneo: una población entera sobreviviendo de agua contaminada,

infraestructura destruida, escaseo de alimentos crítico, con miles de personas
enterrada bajo escombros.

Más allá de su legendaria intransigencia —sumud—, el pueblo palestino está
constreñido por severas limitaciones como para imponer sus condiciones a Israel,
sobre todo mientras éste goce el respaldo incondicional de los Estados Unidos y
sus aliados occidentales. De todas maneras, su resiliencia, acción colectiva e
implacable presencia siguen siendo poderosos apalancamientos inquebrantables.
Netanyahu —y también sus sucesores— siempre encontrarán en Palestina un
escenario donde Israel puede librar la guerra de forma continua y a un costo
relativamente bajo. A diferencia de campos de batalla tradicionales donde los
conflictos llegan a agotarse en las esferas política, militar y económica, Israel ha
convertido la ocupación de Palestina en un campo de batalla permanente.

Aunque Netanyahu abandonara la escena pública, por ser políticamente debilitado
y envejecido, el paradigma de fondo se perpetuará intacto. Los futuros líderes
israelíes seguirán haciendo la guerra contra Palestina, no a pesar de sus costos,
sino precisamente gracias a sus beneficios percibidos: subsidio financiero, ventaja
colonial y sostenible dentro del marco de la estructura política israelí actual.

Romper este paradigma exige que los palestinos generen poder de presión real, la
cual no vendrá ni de negociaciones estériles ni de apelaciones al eternamente
ignorado derecho internacional. Sólo puede surgir de una resistencia colectiva
sostenida frente al colonialismo, respaldada por un apoyo sustancioso de parte de
los Estados árabes y musulmanes, en confluencia con los aliados internacionales
genuinos y amplificada por una solidaridad global capaz de aplicar una presión
efectiva sobre Israel y — pieza medular— sobre sus principales patrocinadores.

Por ahora, Netanyahu prolonga sus guerras porque nadie se le obliga a dar la cara
por sus fracasos estratégicos. En este caso la escalada no es una fortaleza, sino
representa el último refugio de un liderazgo incapaz de ofrecer una victoria.
Lo anterior deja al descubierto otra realidad: Israel se encuentra en la antesala de
un momento de vulnerabilidad inédita.

Se debe desenmascarar dicha vulnerabilidad —de forma clara, constante y
urgente— por todos aquellos que buscan poner fin a estas guerras sin sentido,
terminar con la ocupación israelí de Palestina y abrir un camino hacia una justicia
largamente denegada.


Dr. Ramzy Baroud es periodista, autor y editor de The Palestine Chronicle. El más
reciente de sus seis libros es Antes del diluvio. Sus otros libros incluyen Nuestra
visión para liberación, Mi padre fue luchador por la libertad y La última Tierra. Es
investigador adjunto en el Centro para Asuntos Islámicos y Globales (CIGA). Su
página es www.ramzybaroud.net